Desde la época prehispánica, las salinas de Cuyutlán, en el estado de Colima, tuvieron una trascendental importancia. El poderosos imperio azteca controlaba las rutas de la sal, que consideraban altamente estratégicas.

Durante la dominación española, la sal obtuvo una especial relevancia, ya que era un ingrediente indispensable para la producción de plata, principal producto y soporte de la economía de la Nueva España. A finales del siglo XVIII, en Cuyutlán se producían anualmente hasta 3,600 toneladas, que eran transportadas desde Colima hasta la ciudad de México y a las zonas mineras de la época.

Alrededor de 1890 se introdujo una nueva tecnología en las minas de plata, sustituyendo la sal por cianuro, lo que provocó la desaparición de muchas salinas del país. Las de Cuyutlán sobrevivieron debido a la alta calidad de la sal que proporcionan, lo que la hacer especialmente adecuada para su uso comestible.

Actualmente, Cuyutlán sigue siendo el lugar de origen de una de las mejores sales del mundo, que conservan la esencia de la producción artesanal, con procesos mejorados que garantizan una mayor higiene y pureza.